El cuerpo como lenguaje: neuroplasticidad y conexión en el espectro autista.
Por la Lic. Agustina Rubio
En un mundo que avanza a gran velocidad, el Trastorno del Espectro Autista (TEA) propone otra forma de percibir, procesar y vincularse. Desde una mirada kinesiológica integral, el cuerpo no es solo una estructura en movimiento, sino un canal central de conexión con las emociones y el entorno.
Comprender para acompañar
El autismo es una condición del neurodesarrollo de origen multicausal. Existe una base genética significativa, con variaciones que influyen en la organización de las neuronas y sus conexiones.
A su vez, distintos factores biológicos y ambientales pueden incidir en el desarrollo y en la forma en que se procesa la información sensorial. Esto suele traducirse en una percepción más intensa del entorno, que puede generar ansiedad o sobrecarga frente a estímulos cotidianos.
El movimiento como puente
El abordaje terapéutico propone utilizar el movimiento como herramienta de aprendizaje y expresión. A través del juego, el niño no solo reconoce objetos, colores o animales, sino que los incorpora corporalmente.
Por ejemplo, al asociar una forma con un movimiento similar —como imitar el desplazamiento de un animal— se fortalecen vínculos entre percepción y acción. Este tipo de experiencias favorece la construcción de nuevos circuitos neuronales de manera natural.
Además, se busca generar espacios de calma, reduciendo la sobreestimulación y favoreciendo la regulación emocional.
Neuroplasticidad y lenguaje
La neuroplasticidad permite que el cerebro se reorganice a partir de la experiencia. En ese proceso, el lenguaje cumple un rol importante.
Muchos niños con TEA atraviesan situaciones de frustración. Acompañarlos implica también trabajar en la construcción de un diálogo interno más amable, promoviendo seguridad, autoestima y confianza en sus propias capacidades.
Un camino de acompañamiento
Acompañar desde una perspectiva que integre conocimiento científico y sensibilidad es clave. Se trata de ofrecer entornos donde cada niño pueda desarrollarse a su ritmo, sintiéndose seguro y valorado.
Como sociedad, el desafío es construir espacios más comprensivos, donde la diferencia no sea un obstáculo, sino una forma distinta de estar en el mundo.









